silueta de un hombre con guitarra al hombro caminando por una carretera desolada

El Guajiro que dejó montones de estrellas

Podría haber sido un accidente más, doloroso siempre, pero este del 26 de noviembre del 2002, del impacto de un auto contra un camión en la zona conocida por La Coronela, en La Habana, tenía el agravante de apagar una estrella cuando estaba en lo más alto del firmamento musical.

Fernando Borrego Linares, fallecido en esa colisión y conocido artísticamente como Polo Montañez, a sus 47 años, tenía una popularidad tal, que sus seguidores no tenían una edad determinada y jóvenes, adultos, ancianos y hasta niños se hacían eco de los textos de sus canciones, impregnada de la sencilla sabiduría de los hombres de tierra adentro.

Compositor e intérprete,  paseó su voz por diferente países, como Colombia (estuvo cinco veces), Portugal, Bélgica, Holanda, Italia, México, Ecuador y Costa Rica.

Polo, a pesar del poco tiempo de vida artística, se convirtió en un mito tal que incluso algunos ahora creen ver en una de sus composiciones como una especie de premonición de su destino final.

Se trata de la canción titulada La última canción en la que expresa “… No creo que la suerte, ahora me venga a sonreír, después de haber vivido tantos años… La última canción que se me ocurra debe ser, creo que debe ser romántica, una canción sentimental que lleve tanto amor que bañe al corazón de lágrimas…”.

Entre sus composiciones más populares están: Montón de estrellas, Guajiro NaturalUn bolero, Canten, El bien de los dos, Puras mentiras, La última canción, Si yo pudiera

Y su discografía, como prueba de su eternidad, comprende: Guajiro Natural – CD Lusafrica 362202, 2000-2001, Guitarra mía – CD Lusafrica 362502, 2002, Memoria – CD Lusafrica 462222, 2004, El Guajiro – DVD Lusafrica 462438, 2005

La garganta prodigiosa del chino Embale

Montaje fotográfico con Carlos Embale en una actuación en la televisión y la tarja que lo recuerda en el Hostal Valencia
Carlos Embale y la tarja que lo recuerda en el Hostal Valencia de La Habana

Una de las voces más prodigiosas de la historia musical cubana, un verdadero cultor del son y de la rumba y sus variantes, un hombre con una discografía envidiable, murió solo y triste, hasta desconocido de sí mismo debido a la perdida de su memoria.

Desde 1938, en que triunfara en La Corte Suprema del Arte, de la emisora CMQ radio, hasta su muerte en esta capital el 12 de marzo de 1997, Embale dejó una historia sonora que por causas y azares no tuvo el reconocimiento merecido.

Por su calidad vocal se le vio en muchas de las grandes orquestas de su tiempo, como el Septeto Bolero, la orquesta de Neno González, Melodías del 40 y de grupos como el Conjunto Matamoros, con este último hizo sus primeras grabaciones para la RCA Victor.

Interesante es la grabación hecha aquí en Cuba, 1960, con el percusionista cubano Mongo Santamaría, para el sello norteamericano Fantasy, junto a Merceditas Valdés, Niño Rivera y otros. El LP se titula Mongo in Havana Bembé (Our Man in Havana).

En 1956 aparece Embale junto a Roberto Maza, en cuatro grabaciones de la Panart, con la Orquesta América del 55, en tres de ellas cantando chachachá.

Hay que decir que el musicólogo Odilio Urfé, no sólo reconoció una y otra vez el talento de Embale, frente a la indiferencia oficial, sino que lo incluyó en sus planes para conservar la memoria histórica.

Así lo incluyó en el Primer Festival de Música Popular Cubana (1962), lo llevó también a Nueva York, junto a Pello el Afrokán, para actuar en un festival de música folklórica, que finalizó con una presentación en el Carnegie Hall. Además fue el impulsor de la revitalización del Septeto de Ignacio Piñeiro y de la inclusión de Embale entre sus cantantes.

Con ellos hizo varios discos de vinilo de larga duración y en el cine aparece en el filme Nosotros, la música, de Rogelio París, junto a Celeste Mendoza y en el documental La rumba, de Oscar Valdés.

De su autoría, hasta ahora mínima, están los guaguancós A los Embales, A Matanzas, Timbalaye y Oh, humanidad (en co-autoría con Pablo Cano), A San Miguel del Padrón, Rumba de Inesita, La casa de mamita, y otros.

El cantante hizo pocas salidas fuera del país y se quejaba de la excusa que le daban para que eso no sucediera: “El Septeto tiene muchos ancianos y puede ocurrirle cualquier desgracia allá afuera”, y decimos nosotros, estos mismos integrantes recorrían la isla de un lado al otro: ¿acaso no podía suceder aquí también un infortunio? Al final de su vida, ya pobre y solo, Embale tenía invitación permanente a tomar el desayuno en el Hostal Valencia de la Habana Vieja. Actualmente una tarja recuerda el lugar donde el cantante solía sentarse.

El cantor de las damas

Manuel Corona
Manuel Corona, el cantor de la belleza femenina

Si fuéramos a definir en síntesis al cantautor Manuel Corona Raimundo, lo etiquetaríamos  como el cantor a las mujeres y sus números clásicos incluyen la trilogía de Longina, Mercedes y Santa Cecilia, tres ases al tiro.

Corona nació en Caibarién, provincia de las Las Villas y en sus primeros años de juventud trabajó como tabaquero. A inicios del siglo XX fue a Santiago de Cuba y estableció relaciones con grandes de la trova como Pepe Sánchez, considerado el padre del bolero, Pepe Bandera y Manuelico Delgado.

Mercedes la estrenó en La Habana la inolvidable María Teresa Vera, canción que pertenece a una serie que incluye Reverso de Mercedes y Última palabra a Mercedes. Esta auto contestación a sus creaciones lo haría más una vez: Yoya y Contestación a Yoya y La rosa negra, que es una réplica a Longina.

María Teresa Vera sería en aquellos tiempos la principal impulsora de sus creaciones grabándoles entre otros: El 10 de octubre, La aurora, Animada, Mis lamentos a mi guitarra, Doble inconsciencia, Contestación a Timidez, Longina, Mis lágrimas, Rayos de plata (contestación a Rayos de oro, de otro grande trovador, Sindo Garay), Tu alma y la mía, Las glorias de mi vida, Acuérdate de mí, Déjame tranquilo y Amelia.

Corona, además cantaba tanto como voz prima como de segunda y en algunos de los discos María Teresa lo invitó a cantar.

La canción Longina es prácticamente el escudo y emblema de su autoría pero según estudios, no se trató de un romance sino más bien de una sincera amistad. Actualmente los restos de la dama descansan junto a la del bardo en Caibarién.

El gobierno cubano en la década del 50 le otorgó una mísera pensión y  una medalla de reconocimiento por su obra pero el músico no asistió a la ceremonia en el Palacio Presidencial porque un bar se interpuso en su camino.

Murió en la más completa miseria, el 9 de enero de 1950, en una caseta situada tras el bar Jaruquito en la playa de Mariano y un grupo de compositores cubanos se encargó de pagarle el entierro.

 

Fuentes: Diccionario de Helio Orovio, Cubahora, Díaz Ayala, Cristóbal: Cuba canta y baila. Discografía de la Música Cubana. Blog La desmemoria

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